El manierismo andaluz en la antigua cárcel y cabildo de la ciudad de la peña

Antonio Salas Sola / Historiador del Arte y
Gestor Cultural.

La grandilocuente leyenda forjada sobre la fundación de la ciudad de Martos por el mismísimo Hércules y su relación toponímica con el Dios Marte no ensombrece la dignidad histórica de una colonia romana, con aires de grandeza imperial, capaz de seducir desde el mismísimo César Augusto al excelso Carlos V. Martos es una ciudad a la sombra de “La Peña” cuyo desarrollo urbano siempre ha ido ligado a su mítico promontorio cuya silueta inconfundible se erige como fuste mitológico calcáreo con base de verde manto de olivares. El sustrato histórico marteño se fundamenta desde la “Tucci” íbera a la “Colonia Augusta Gemella Tuccitana”; se vislumbra en su papel de heraldo cristiano altomedieval hasta la “Túss” islámica aquella que capitularía en favor de una villa que pasaría a ser capital, sede y fortaleza de la Encomienda Calatrava del Alto Guadalquivir en la cual se acepta una incipiente modernidad artística y urbanística italianizante, con aire imperial, que acrecienta su historia y potencia su legado artístico monumental.

Valgan las líneas predecesoras para ensalzar la importancia de un municipio que ha copado privilegios reservados a enclaves de gran transcendencia histórica. Esas mieles y el empeño por ensalzar su pasado conducen a la ciudad de Martos a un desarrollo urbano moderno en cuyo contexto se sitúa la construcción del antiguo cabildo y cárcel vieja de la ciudad, hoy sede del Ayuntamiento.

Este monumento histórico nacional está catalogado como uno de los referentes de la arquitectura manierista andaluza.

La amplitud escénica del entorno urbano de la actual plaza de la Constitución, donde se inserta el edificio municipal, es el legado de un codicioso plan urbano de embellecimiento de la ciudad auspiciado por el gobernador D. Pedro Aboz Enríquez. A propósito del mismo se levanta el mencionado edificio cuyas trazas, iniciadas en 1557, son obra de Francisco del Castillo “El Mozo”. El proyecto original, aunque modificado en varias intervenciones posteriores, es catalogado como uno de los referentes de la arquitectura manierista andaluza. La singularidad del edifico nace desde la primitiva finalidad del mismo, cuyo resultado, a priori, parece bastante ostentoso y poco frecuente para albergar una sede penitenciaria. El arquitecto resuelve un edificio de planta cuadrada articulado en torno a un patio que distribuye las estancias a doble altura, destacando la sala capitular con una cubierta de armadura plana sobre ménsulas de madera con interesantes azulejos de influencia italiana. La mayor concentración de elementos artísticos se observa en la fachada norte y portada principal, sin menoscabar la particularidad de la fachada lateral cuyo zócalo merecerá una referencia destacada. Francisco del Castillo presenta una fachada principal de doble cuerpo compuesta por arcos de medio punto sobre columnas dóricas, seis moldurados arcos en el cuerpo superior y cuatro en el inferior, cuya disparidad numeraria rompen la clásica simetría al situar la portada principal en un lateral de la misma. La portada es resultado de la codificación del lenguaje clásico recogido en los tratados de arquitectura serlianos netamente definido en el almohadillado rústico, sobre el que se permiten ciertas licencias por otra parte necesarias para definir una portada manierista muy representativa de los aires de grandeza imperial que sobrevolaba “La Ciudad de la Peña” en la segunda mitad del siglo XVI. De piedra arenisca un generoso vano adintelado con dovelas almohadilladas centra la portada, flanqueada esta por columnas dóricas que levantan un friso sobre el que se dispone un frontón con un incipiente tondo en el centro que presenta relieve heráldico alusivo a la Casa de los Austrias.

Apoyadas en el frontón y a ambos lados del tondo dos esculturas sedentes aportan un elegante toque efectista abriendo dos espacios a modo de balcón ciego con epigrafía, cuya lectura identifica a las citadas esculturas con la Justicia y la Prudencia. Cierra este amalgama decorativo dos generosas cartelas en el cuerpo inferior in memóriam del mecenazgo del edificio, indisolublemente ligado al pasado calatravo de la ciudad de Martos y perfectamente contextualizado en el texto y escudos que forman parte de las citadas cartelas.

Las esculturas del friso con la Justicia y la Prudencia.

La continua referencia al glorioso pasado histórico de Martos es notable en las referencias heráldicas distribuidas por la fachada principal, pero es aún más evidente en la fachada lateral, concretamente en el zócalo de la misma, con una galería de restos epigráficos que, insertos a modo de paramentos, confieren al espacio el apelativo de “Lapidarium urbano” cuya relevancia es admirada y envidiada por cualquier colección arqueológica. Su notoriedad es ya ensalzada en el siglo XVI por el humanista jienense Diego de Villalta, quien catalogaba a esta fachada, situada en la actual Calle de San Fernando, como un “Lapidarium” augurándole una notable trascendencia en los siguientes términos: “…por haberlas así juntado y puesto en la muralla y pared principal de este edificio, donde con facilidad se pueden leer y sacar las letras y cifras de ellas, por cuya causa será este edificio de los notables y celebrados que haya en España”.

Esta particular manera de exhibición de elementos epigráficos romanos, junto a los elementos artísticos descritos en el edificio, justifican la singularidad de un edificio civil sin parangón que se ha convertido por méritos propios en protagonista ineludible del pasado histórico de Martos a la vista de propios y extraños como así lo atestigua la declaración como Bien Interés Cultural, en 1931, en calidad de Monumento Histórico Nacional.

Izq.: Imagen de la magnífica portada del edificio consistorial marteño.