Pocos establecimientos hosteleros pueden presumir de cumplir 50 años en nuestra ciudad: relevo generacional, tiempos intermitentes, sobrevivir a crisis y pandemia…, como el local que hoy ocupa nuestras páginas, inaugurando el año 2022: el incombustible “Fígaro”.

Corría el año 1972 en nuestra capital, el regidor local era Ramón Calatayud Sierra, una barra de pan costaba 3 pesetas y media, y los jienenses podían disfrutar en las salas de cine con filmes tan exitosos como “Harry el sucio”, fantaseando con la posibilidad de empuñar ese Magnum 44. De todo ello fue testigo este negocio, en tiempos del “destape”. La historia de este emblemático local comienza en una barbería: a Manuel Camacho, peluquero local, le pesaban cada día más las tijeras, y tenía en mente un cambio profesional, así que cambió el sillón de barbero por los taburetes de la barra.

La idea del peculiar nombre fue casual. Un amigo le comentó la idea, dada la similitud de “las bodas de Fígaro” de la ópera; le pareció muy original, y pasó de barbero a tabernero.

A la izquierda, Manuel Camacho, fundador del bar Fígaro; a la derecha, su hijo, Manuel Camacho Damas (centro) y trabajadores del establecimiento.

Al abrigo de las plazas del Pósito y Deán Mazas, su barra ha sido testigo de confidencias políticas (continuación de plenos), tertulias, borracheras y desamores varios. Todo tiene cabida, ayer y hoy, en sus apenas 50 metros de aforo: dicen que los grandes perfumes vienen encapsulados en pequeños frascos, y gastronómicamente hablando tampoco hace falta más; con un espacio limitado se puede disfrutar de una buena caña y las tapas “estrella” del lugar.

El actual gerente, Manuel Camacho Damas, lleva nada menos que 44 años al pie del cañón. Continuó la tradición hostelera en plena edad de “cadete”, y ‘el Fígaro’ se convirtió en su segunda casa.

Actualmente, ocho personas componen la plantilla del bar: Chema (su sobrino), José… hasta llegar a su mujer y su hermana, ambas llamadas Ana, afianzando el concepto de familia hostelera: trabajo, dedicación y ganas de servir a su público con amabilidad y fraternidad. No sería justo destacar la gran labor de la cocina, la parte menos mediática: sin ellos ‘el Fígaro’ no sería lo que es.

Tiempos buenos y no tan buenos.- Todo ha tenido cabida en 50 años: crisis del cierre temporal del mercado en los 80, pandemia… en hostelería no es todo color de rosa, pero Manuel es optimista por naturaleza: hay que ver el vaso, siempre, medio lleno. Camacho subraya que los mejores tiempos son el “aquí y ahora”.

El local ha pasado de estar arropado por ‘el Bodegón’, la “churrería del Pósito”, o los clásicos almacenes (todos extinguidos) a estar prácticamente solo, y ser el único testigo de su generación. Pero resiste. Hay que mantener el bastión en épocas convulsas.

Sobre estas líneas, de izquierda a derecha, típica tapa del local, dibujo con las dos generaciones que han dirigido el Fígaro y las dos ‘Anas’ del mítico bar jienense.

Son muchas las anécdotas que pueden narrarse. Desde ‘el Fígaro’ anotan que las conversaciones de barra, entre desamores, crisis e infidelidades, suelen llevarse la palma. En barra son como los curas: oír, ver y callar. Ser los psicólogos y a la vez “camaradas” de sus “amigos clientes”. Otro motivo para visitar el bar. Pura terapia.

Intentamos arrancar dicha “terapia jienense”. Una vez que se consigue hacer hueco consumir (con suerte en la esquina de la calle, un clásico) es momento para hacer un “tiempo muerto”, disfrutar y decantarse por su extensa carta.

Es complejo elegir: criadillas, mariscada, rape, solomillo al jerez… todo es cuestión a la hora que se acuda; por hacer uso del ejemplo, desde una exquisita tostada con café de calidad en el desayuno hasta una perfecta ración de jamón curado (bien acompañado de un vino tinto de su carta) al mediodía. Una amplia carta con precios justos, muy en la línea del panorama local, que ayudan a no dudar para su degustación.

Pese a contar con nuevos clientes (el “boca a boca” y el lugar ayudan, muy mucho). el ‘Fígaro’ puede presumir de la fidelización de su público de siempre: las familias que acuden al “biscúter” hacen el relevo generacional, los periodistas que lo frecuentan han pasado de la juventud a peinar canas y el cliente clásico, ese viandante que hace la parada obligatoria para su cervecita o chato de vino, y que no perdona sin cita; se crea cátedra, al abrigo de sus camareros y de su picoteo. Pocos bares pueden presumir de ello: los tiempos cambian, pero la clientela (y su esencia) no.

Izq.: Algunos clientes del Fígaro. Centro: Tapas de gachas. Dcha.: Caña y típica tapa del Fígaro.

Seguro que el ‘Fígaro’ continuará siendo testigo directo del trasiego de la sociedad jienense. No se sabe si su plantilla y clientela verá la tercera república (ha pasado una dictadura, transición y democracia) o si el arma de moda en las películas de futuristas será un “híbrido” de pistola láser, relegando a ese imponente 44 de Clint Eastwood; lo que sí es seguro que las cañas y tapeo que ofrece a sus fieles seguirán presentes. A por la siguiente etapa.

Texto: Manuel Miró Fotos: Ayer&hoy, Bar Fígaro